Camino por la calle novena con 27. No muy lejos de la universidad, diría yo, más bien cerca. Mis pasos llevan el ritmo de mi pensamiento. No muy lentos, no muy acelerados. Sé que son las ocho y media porque aún no he empezado a agotar esta sobriedad de viernes atareado. Los transeúntes, unos que toman sus destinos en los buses de letreros variados; otros, que se dejan seducir por la música y la fiesta de fin de semana, se ven desperdigados. Yo sigo con mi ritmo. Una noche en Amsterdan-pienso y sonrío-. Aquí estoy, y también están mis amigos, aquellos con los que sé que terminaré sentada en una orilla de la vereda, intentando hablar de algo con unos buenos tragos de vino. Ya estoy en uno de los lugares. En frente de mí, está el gran caballo y su pequeño héroe, para algunos, claro está, Don Simón el libertador. Yo estoy tranquila. Tengo ganas de quitarme esta ansiedad de juerga. Todos están felices. Me contagio de la alegría y más cuando las voces de al lado empiezan a hablar de la última lectura del día. A mí también me gusta Henrry Miller, pero no tengo cabeza para eso, y mucho menos cuando Raúl, un Hippie perdido en el tiempo, se acerca con su guitarra y me seduce. Sabe que no cantaremos a dúo en este preciso momento, porque es temprano y lo mejor es llenarnos de humos espesos. Él ha llegado, y otros más se acercan. ¿Quiénes son? Algunas caras conocidas, bueno, todas, unas más familiares que otras. No importa. La noche, en esta zona es diferente. Aquí, en este lugar infinitamente inagotable, las personas son unas sombras del día. No unas sombras que huyen, sino que persiguen. Aquí nadie viene a huir, o por lo menos, la mayoría no. Aquí todos vienen buscando sus gustos. Cada quien se arrima a su bar predilecto, a su música deseada, sí es que vienen por música o a su lugar en la acera, en la calle. Ya ha pasado media hora, supongo. Ya tengo el gaznate caliente. Sonrío sin ninguna premura. Estamos algunos, otros se han alejado. Aquí cada quien se aleja y no hay preguntas, mucho menos dedos índices alzados. Es nuestro “parche”, sabiendo que todos los que estamos aquí hacemos parte y a la vez no.
La música de Spinetta sale de los labios de Raúl. Hay quienes escuchan, hay quienes hablan, se ríen y otros solamente callamos y esperamos el otro “Mike”, para alivianar el sopor del cuerpo. Ya está el vino en la cabeza. No quiero decir, que sea borrachera. No. Es sólo que tengo caliente las mejillas y pienso en Johnny y en su saxo en alguna cabina de grabación. Diez de la noche. Un intervalo largo. No hay mucho que contar durante ese transcurso. A menos que les interesen mis cavilaciones. Ya empiezan a quedar los verdaderos seres que aman estas noches, y por supuesto, el azul oscuro de las madrugadas. Ya sopla el viento. Se reúne nuevamente dinero para un “chorro” y otro poco, para el “polen mágico” que acelera los sentidos. Ya todos tenemos los ojos hinchados. Cada cuál busca su lugar.
¿Pero, quiénes son todos ellos? ¿Por qué hay tantos grupos? En una esquina están los revolucionarios, sí, ellos están acá. No en la misma acera, sino en la contraria. No pregunte por qué lo sé. Aquí están también, los llamados y desconocidos Artistas y Pensadores, entre ellos Filósofos y Literatos. Debo aclarar, que no estoy hablando de profesiones, sólo de aptitudes. En otro lugar, allá, justo en las sillas que bordean el gran monumento, custodiados por cámaras vigilantes, están otros seres, bastantes bulliciosos, casi ninguno pertenece a estos lados. Y por una esquina más allá de aquellos mencionados, vienen los “punks”, los fastidiosos, los anarquistas y los irónicos; no quiero ser despectiva, se me ocurren estas palabras en el momento. Ya debe ser más tarde, para que ellos estén acá, debe ser más tarde. Ellos vienen del centro, bastante locos, con sus cabezas de hacha. Y en los bares, los mechudos metaleros, con sus largos cabellos y sus muñecas inflamadas de cuero, alzan sus cervezas gritando sus alaridos musicales.
-Oiga, ¿quiere un pase?
-Claro, por su puesto.
-¿Tiene llaves? O, ¿se lo sirve de otra manera?
-¡Alguien rote el “porro”!
-¡Raúl toque otra!
-uff Está bueno. ¡Qué no sea tuerto!
-¡Está bien…!
Todos están alegres. La felicidad es una sonrisa alargada y unos billetes en el bolsillo que puedan prometer desvaríos, y quiten o aumenten el miedo; en su placidez absoluta, que desaparezcan el miedo a expresarse. Uno va aprendiendo. Acá hay otros códigos. Puede uno llegar, sin conocer a nadie, sentarse y parchar. Así como lo hacen unas nenas en este momento que yo intento saber la hora. Porque me parece que es importante saberla, para poder seguir contando esto: realidad y ensueño. Hay otros canales de comunicación. Aquel que viene y se queda, viene a lo suyo. Todos buscan, todos encuentran y si no, no importa. Se tiene lo indispensable: trago, música, drogas, charlas, abrazos, besos, y si se corre con suerte, un amor pasajero o un amanecer de sexo. ¿Qué quiero contarles? No mucho. Aquí pasan cosas muy diferentes. Lo hechos son igual de diversos a todos los que habitamos con esta fiel amante que es la calle. Si uno es una puta, a quién le importa a menos de que venga con líos. Si ese es marica, eso ni se sabe. Si hay blancos o negros, tranquilos nenes, no hay reparos. Aquí existe una libertad tan hermosa, que a veces, hasta aterra. Las existencias, que en su mayoría son estudiantes y profesores, saben de estas cosas. Conocen de los lugares neutrales donde el individuo desaparece de todos los moralismos y convenciones, y los que no, a quién le importa. Cada quien tiene su epígrafe, se le respeta y hasta se le quiere. Todos hemos venido a lo mismo. No huyendo, a menos de que sea algún “vaguito” perseguido, o tal vez, un “chirrete” o “desechable” con la paranoia, con el propio susto.
Ya es media noche. Algunos cantan con Raúl. Yo sólo observo y tarareo. ¿Por qué hablo de Raúl y no de otros que me acompañan? Pues bien, me llama la atención su voz, su manera espontánea de hacer música. Y cuando intento terminar estos pensamientos, una hoja y un lápiz llega a mis dedos. Un “cadáver”. No estamos muertos. No todos. Un cadáver es algo precioso: cada cual deja una idea en el papel en blanco y luego cuando todos han escrito, es leído y quemado. Hay tantos. Yo me sorprendo. Bueno, no como al principio. ¿Qué era esto? Me preguntaba siempre. No había conocido a quienes pudieran mostrármelo. Porque cuando pregunté, nadie quiso responderme. Quizá sea por los momentos donde la fealdad de la violencia aparece. Hay quienes se golpean por estar demasiado locos, demasiado ofuscados, o por no saber como soportar sus demonios. Por la paranoia del otro, ese que no es un enemigo en este lugar, sino un parcero envideado. En verdad, estar aquí es encerrarse en uno mismo. Consiste, creo, en esperar el raye de la noche de bohemia, la angustia total de la vida, la impaciencia de no saberse, de no sentirse por completo vivo, o de sentir demasiada vitalidad. Es venir a cansar el alma, a llenarla de excusas y de razones. A estar de otro modo. Si tantos hartazgos, si tantas voces reclamando. Yo escurro mi cabeza entre los hombros, estiro las piernas y sigo con mis vistas hinchadas, este paisaje citadino de farolas encendidas, de edificios altos y del claxon ruidoso, que me eran desconocidos.
Una y media de la mañana. He ido varias veces al sanitario de Teseo II. En este último regreso, me quedo parada y canto con furia, como con ganas de decirme: “ponte a pensar, hay que bonito que era todo aquí, nos bañábamos en oro y sembrábamos maíz. Verdadero paraíso, muchas lunas fue así… Verdadero paraíso, muchas lunas fue así…”. Estoy nostálgica, quizá. O tal vez sea la única canción que me sé y que puedo cantar con afinación, siguiendo las escalas que producen las cuerdas de la guitarra.
Aún es temprano. Hay más trago, hay más porro y uno ya está bastante loco. Los Tíos empiezan a aparecer. Pasan una que otra vez, en sus motos rápidas. Así lo harán y si llegan las tres y yo estoy aquí, no en el mismo lugar, de pronto más allá, en otra acera, en una silla, vendrán las Neveras con sus luces rojas. En medio de la calle hay botellas desechas. Esta es la juerga. En medio de voces, de cuerpos, de silencios, de ojos inquietos, de manos sudorosas, de seres apacibles pero al asecho… ¿Qué que es lo que digo? Verdades y mentiras. Pequeñas impresiones.
He callado. He vuelto a mirar la 27 que se expande como una gran serpiente. Hay borrachos. U hombres y mujeres que se ladean y se amarran al hombro de un buen paisano. Hay una chica hermosa, de piernas blancas, de senos grandes y de labios rosados. Está borracha. Lleva en su mano una botellita que defiende. Intentan calmarla, pero ella se niega. Quiere hacer lo que le place. ¿Qué? No sabría qué decir. No sé qué quiere ella. Sólo veo sus piernas y me sonrojo. Allí vienen caminando a prisa los “punks”. Me han parecido curiosos desde el principio. A algunos los conozco. De otros, sé algo de sus vidas, pero eso no tiene relevancia. Ya se acercan. Y de seguro, también sus acciones fuertes. Han llegado. Viene retacando. Es decir, quieren de nuestro “chorro” y como en este lugar las bocas sedientas son calmadas con pequeños tragos, se les pasa la botella. Pienso en las significaciones de la amistad. ¿Qué es para mí la amistad en este lugar? La amistad es un sentimiento de fraternidad, de tolerancia y de silencio. No hay odio. No hay rencores. Todos buscan algo de tranquilidad, y entonces, la amistad es la fuerza que se hace para soportar al otro con todas sus infinitas diferencias. Nadie es más, nadie es menos. No hay clases, y si las hay, en este momento, en que todos tienen a su Yo alterado, casi libre, amarrado a los antojos; ninguno las tiene presentes.
Tres de la madrugada. Yo camino por la gran serpiente. Atrás quedan ellos, los que no dormirán, los no piensan hacerlo; porque sus cuerpos tienen otra cabeza, otros ritmos, otras alimañas. Yo camino lentamente, casi que contando los pasos. Dirán ustedes, que noche tan desabrida. No hay esa euforia comprometedora. Hay una clase de emoción diferente. Como un agotarse la saliva, los orines, las ganas, las ideas, los pasos, las miradas, los sueños, el cansancio. Ésta ha sido un anoche en Ámsterdam, más voltajuda, más acelerada para otros. De pronto, la mía ha sido nostálgica, de retratos. La ciudad y sus farolas como pequeños soles, me recuerdan el día, una mañana que pasaré dormida y una cabeza enferma que se cuestionará los comportamientos, y aún así, en esa libertad hermosa, no encontrará satisfacción. Ahí está Johnny, quien fue el mejor saxofonista de aquella época dorada del jazz y mi nostálgica noche, donde todos somos perseguidores y perseguidos, por otros, y por cada uno, buscando las cosas que lo ayuden a vivir.
Yellow Brown